Por Albert Blanch Reixach, editor-director de
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Parece que se van concretando los discursos de buenas intenciones y generalistas que, hasta ahora, metían en el saco de las nuevas tecnologías todas las iniciativas que se pueden calificar de “digitales”. El complicado cambio de modelo que precisa nuestra economía es el mismo que el que se produjo en la construcción, cuando se pasó de mezclar el cemento con la pala a utilizar hormigoneras pequeñas y medianas, que permiten, por pequeña que sea la obra, ahorrar tiempo y material, consiguiendo, además, el cemento deseado en su justo punto para ser utilizado.
Y éste es el tema básico; las empresas tienen que recibir facilidades, no los créditos que hay que gestionar y devolver, sino subvenciones directas dirigidas a digitalizar los documentos críticos para su funcionamiento (contratos, pedidos, archivos históricos, contabilidad, facturas de proveedores, expedientes, etc.).
En uno de sus últimos discursos, el actual presidente de la Generalitat de Catalunya, José Montilla, anunció que las empresas que tienen menos de 1 millón de euros de facturación anual (la inmensa mayoría) dispondrían de un sistema gratuito de digitalización de sus facturas y fondos documentales para facilitar su acceso a las técnicas de gestión documental digital.
Hasta ahora, no existe ninguna iniciativa en este sentido, que sí es una medida concreta de aplicar las teorías y los planteamientos teóricos a la práctica, y a eso se le llama Praxis.
Impulsar la factura electrónica debe ir acompañado a la digitalización de los archivos de las empresas y de iniciar en las organizaciones los procesos de gestión documental digital. Si se digitalizan los documentos de las empresas, estaremos situando la solución donde está el problema, que es el cambio hacia la cultura y la práctica de la gestión documental digital.




























